Mea culpa.


“No  es suficiente dar con el problema. Debes acertar con la solución”.

Esta es una frase que un buen día se me vino a la cabeza y que seguro que no es mía, pero que he interiorizado como si lo fuese.

Con esta “sencilla” regla, me atrevo a decir que acertar con la solución es mas probable si asumimos que el problema, o al menos parte de él, está en nosotros mismos. Básicamente porque las respuestas en nosotros mismos, generalmente, son inmediatas. Y cambiar algo de rumbo, si depende de nosotros, es mucho más fácil que esperar o desear que otros lo hagan.

Estaréis pensando que soy demasiado duro y no merecemos cargar con las culpas de todo lo que no sale bien en nuestras vidas. Y es cierto, no lo merecemos. Pero no pensemos que hacer esto es cargarse nada a las espaldas. Es justo y sencillamente ser prácticos y aprender.

Independientemente de que podamos pensar que nosotros no tenemos responsabilidad en un hecho, analicemos que pasaría si nuestro comportamiento fuese diferente. ¿habría salido todo igual de mal?

Recientemente uno de mis clientes me hizo reflexionar sobre esto. Os cuento:

Hace unos 4 meses me llaman para que me ponga en contacto con alguien que quiere poner en marcha una idea de negocio online que tiene en la cabeza desde hace tiempo. Hablamos personalmente, surge una confianza mutua, el producto es bueno, y no dudo en asumir el proyecto. La idea me encanta.

Notas desde el principio que el cliente confía en ti. El negocio se define, su identidad y también la estrategia a seguir. Se fijan unos plazos para dar inicio a la actividad, sólo pendientes de aprobar el diseño de la web y su activación. Y aquí todo empieza a tambalearse.

Durante estos 4 meses no había caído en la cuenta de la forma de ser de mi cliente. A pesar de su confianza depositada en mi, yo necesité en muchas ocasiones proponer diferentes alternativas una y otra vez, la toma de decisiones era lenta, él pedía de forma muy habitual opinión a su entorno (hasta en las decisiones de mínimo riesgo)…y es que a pesar de su espíritu emprendedor, mi cliente es una persona insegura.

Esta forma de ser le llevó a dejarse aconsejar, en el momento mas importante de todo el proceso, de quién no es un profesional del marketing. Y a pesar de mis intentos de revertir la situación, con esta conclusión afronté que aquella idea tan buena nunca llegaría a convertirse en un proyecto igual de bueno. Y me dolió, porque ese proyecto lo había tomado como mío y una decisión tan desacertada no era justa para todo el buen trabajo que habíamos desarrollado juntos.

Pero con esta conclusión yo no sacaba nada bueno de este buen proyecto. Y tampoco era justo. Al menos debía aprender cómo poder evitar que eso me volviese a suceder.

Entonces caí en la cuenta del Error. Y es que una parte importante de mi trabajo, quizá la más importante, es convencer a mis clientes de la importancia del marketing y la estrategia para su negocio, premisa que, ante la buena fluidez inicial, pasé completamente por alto en este proyecto.

No caí en la cuenta de que la forma de ser de mi cliente era clave a la hora de poner en marcha el proyecto, y que no había conseguido hacerle ver que, si hay algo importante en el mundo del marketing, es la coherencia de la marca.

Y entonces me sentí aliviado, os lo juro. Asumir que buena parte de que yo no pudiese completar mi trabajo dependiese de mi, me tranquilizó. No podía volcar todas las culpas hacia alguien que un día recurrió a mi para asesorarse y convencerse de la importancia del marketing. De él yo ya no podía obtener respuestas ni soluciones. Éstas, única y exclusivamente, residían dentro de mí.

 

Mucha suerte G., sinceramente. Mea culpa.

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